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miércoles, 5 de septiembre de 2012

NARRACIÓN DE EXTRAMUROS

ARDE BOSTON

Por Gilberto García M

ASESINO DE LA NOCHE...
El hombre despertó a las seis. Mientras esperaba que su madre preparara el desayuno, transcurriría una eternidad… 
Luego entonces, ¿con quién conversaría hasta las nueve, hora en que toda la familia despertaba? Al salir de su cuarto observó el reloj  de pared. «Las seis en punto», volvió a repetir, «Mejor hubiera despertado a las nueve». Porque lo más habitual sería enloquecer, si continuaba dando vueltas y vueltas en la cama. Hasta cuando doña Helena despertara, preparando un desayuno suculento, como nada más ella sabe preparar. 
Pablo Fiestas camina por el patio, disgustado. ¡No tiene con quién conversar! Y su estómago se calmaría sólo con comer un poco. 
Meses antes eran las seis, pero con tal oscuridad que sin reloj, se advertía un tiempo crucial, triste.
Ahora son las seis, pero con ese cielo limpio parecen las nueve, y el sol sale sin ninguna prisa, y el hombre esperará a que la familia se levante.  

—No debo pensar en el hambre—murmura. —Si se es indiferente, el hambre se va.

Eso funciona en otros, pero en él es caso perdido. Última opción: Prender la televisión pero eso sólo propiciará el hastío.

La puerta de la calle continúa cerrada. La mayoría de las casas de Boston poseen puertas con barras de hierro como estrategia de seguridad. Medida adoptada desde que los pandilleros comenzaron a derribar los portones, y se llevaban los televisores, ventiladores, o cosas de valor… 
Como son las seis y uno. Y, parecen las nueve, Boston está totalmente despierto. Pero sus habitantes duermen apaciblemente. Menos Pablo Fiestas. 

Y te arrojarán al mar de las amarguras, y te ahogarás rápido—temprano—para cuando doña Helena despierte.
 
«Aquí está tu desayuno, hijo», te dirá. 
Te sentarás en la poltrona de mamá. Tu cabeza y tus piernas rozan la puerta, pero no has abierto los pesados candados. Sabes que los dejan puestos por cuestión de seguridad. Sin embargo, eso de nada te servirá pues alguien que partió la noche anterior, pronto vendrá por ti. No podrás defenderte. 
«Pero si tengo la puerta cerrada, nadie entrará», pensarás. 
¿Recuerdas cuando hurtaste la mesada a los Gómez, a quienes la Oficina de la Beneficencia Pública no dejaban morir de hambre? 
Los remordimientos entonces destruías apenas tu madre, despacito, susurraba: «hijo, ven a desayunar». Convirtiéndose la frase en tu tabla de salvación pues doña Helena siempre estaba allí. Con ese amor de madre, que hasta ya casi muriéndose —jura— reclama que su hijo es bueno.

Que no pudo cometer tal atrocidad...
 
¿Cuántas veces pisaste el correccional? Condenas irrisorias purgabas pues alguien hacía de abogado del diablo. 
Y mamá entonces recurriendo al pequeño patrimonio familiar. Aquel dinero, intacto, reservado para los malos tiempos, se dilapidó en arreglar tus líos judiciales.

—La vida es así—te decías, irónico, luego del delito. — ¿Si no?, no sería mundo.

Todos anhelan tu muerte.
 
La claridad de la calle te lo dice, los que duermen en sus cuartos. Y hasta la propia doña Helena, todos, hasta la ausente noche, parecen confabulados para matarte. (¡El Presidente decretará este día de Júbilo Nacional por tu muerte!). Pensaste, al principio, que este amanecer sería como uno de aquellos pocos. 
Pero estás aquí, Pablo. Ardiendo con Boston. Te ves, el tiempo se comprime, treinta años son tres horas. (Pero en seguida, absurdo, retrocede, y casi niño te contemplas agarrado de la madre—apoyándote—para atenuar el cuerpo al bajar del viejo Chevrolet) 

…Y desprenden las estrellas a tus ojos.
 
Sin tacto, sin delicadeza, de un tirón. A lo mero macho como dicen los mexicanos. No les importa la p, madre que los parió. 
Duele, el doctor te saca las muelas, las espinas del alma, sin anestesia. Un calor glacial recorre tu cuerpo. Tratas de pararte pero un miedo universal te abruma. «Es el fin», piensas. ¿A cuántos fulanos les regalaste el boleto para la otra vida? 
Traías objetos valiosos a la casa, manejabas cantidades exorbitantes de dinero. Cuando doña Helena te preguntaba, la dejabas convencida con la frase: «No te preocupes, mamá. Soy el cobrador de un amigo». 
Piensas entonces en los que duermen, pero a tus oídos sólo llega, tenue, el ronquido de los que no despertarán jamás.

¿Faltan dos horas y media o veinticinco años para cumplir tu condena? 
Ni siquiera puedes volver el cuerpo. 
Y, poder entonces gritar, «nunca voy a morir». Y seguir acuchillando con la complicidad de la noche. Matando ancianos y a cualquiera que se te atravesara en el camino. Yo sabía que allá en el Callejón de la señora Mayo te hartabas de estupefacientes. Te convertías en un Spider man o un Jackie Chan. (Un súper héroe que hacía siempre lo malo…)  
Irrumpías pateando la puerta, sin misericordia alguna para con el sueño de mamá. Nadie por el miedo, en absoluto, se atrevía a reclamarte. ¿Qué podía hacer yo si no convertirte en el personaje de mis relatos? Me pesaba ser el hermano mayor. El que se encerraba en el maldito cuarto. Esperando que alguien tocara a la puerta. Y llamara por teléfono, y preguntara por el escritor. Que dijera: «Le vamos a publicar, en exclusiva, su cuento en la edición del domingo. El diario quiere entrevistarlo». 
Nadie respetaba lo que hacía. Tanto buscar en la mente, las escenas, la atmósfera, y los personajes para recrear mis relatos y novelas. Tanto emplear, días, meses, y años en eso. 
¡Tan sólo para que tú y los de la casa se secaran el sudor con las páginas! 
¿Qué culpa tuve yo en el malhadado camino que escogiste? No sé, tal vez debí ser el vigía que estuviera atento a un mar turbio…

Así que, en esta media hora. O en estos cinco años de tu presidio, no puedes descuidarte.
 
Sé que vigilas tu mar, no puedes dormirte. Pues aceptando el boleto devuelto por tus víctimas, estarías. Y antes que  pestañees y reacciones, te hallarás en el tren de la muerte. Pues ese alguien que partió la noche anterior, por fin vino por ti. 
En cierta forma vivo tu sufrimiento. Encerrado en el cuarto sufría lo indecible. Tú, esclavizado por los malditos estupefacientes. Y yo rumiando mi soledad, mi obsesión por la Literatura. Tratando de verter en una hoja virginal todo este sufrimiento…

Me dormí en la estancia de libros viejos. Debido a mi pobreza yo los compraba en el Centro. Una batalla verbal iniciaba, o estratagema como la llamaba yo, para siempre obtener un libro de García Márquez o Julio Cortázar, a bajo precio.

De veinte años entré.

Te estoy viendo en esta media hora. O mejor, treintaiun minutos. O en estos más de cinco años, y descubro sorprendido. Y más al mirarme en el espejo, en un rincón sobre la mesa hay un montoncito de calendarios mohosos, que tu hermano escritor ya no es el joven de veinte años sino un hombre de veinticinco.
 
¿Qué ha sucedido, Pablo Fiestas? 
¿Dónde está nuestra madre?  ¿Y Marcela? Dime, ¿qué ha sido de ella? 
Los años me atraparon en el lugar más recóndito. ¿Cómo debería sentirme? Como un hombre de veinticinco años, aunque tenga cincuenta. Desperdicié la vida buscando la piedra filosofal. La fórmula que me convirtiera en un  escritor famoso.  Imaginé mi nombre esculpido en oro. 
Cómo lamento las palabras de mi padre, entre sus últimos estertores de muerto: 
 — ¿Escritor?—me dijo— ¿Te quieres morir de hambre? 
Asombrado alcancé a sentir.  En el temblor de sus manos, un cierto desespero. Como si papá pudiera morirse en paz, solamente y si yo le dijera: «Despreocúpese, viejo. No voy a ser escritor». Y murió sin resignación, algo en su cuerpo exánime, decía que se había ido pero no en paz. De seguro, supuse, que él adivinaba que no iba a cumplir la promesa.

Pero estás aquí, Pablo Fiestas. Un calor terrible vierte sus ondas. No deja espacio, ningún resquicio sin recorrer. Te hallas, creíste al principio, en un baño de sauna. «Alguien debió instalar el servicio en mi ausencia», pensaste. Pero como la temperatura subió vertiginosa. Te quitaste la camisa, y la franelilla debajo. Y sin el menor recato, arrojaste toda tu ropa. Resignado. Y antes de quedar como pato sancochado. Inerte. Cocido por las manos vengativas. O triste por la sentencia de los jueces que te han hallado culpable, escuches la voz de mamá: «Ven a desayunar, mi Pablo». Y como ya lo he repetido, esa frase te devolverá a la libertad. Volverás a ser el asesino despiadado de Boston…
 
No debí condenarme en el cuarto.

Derramar lágrimas por Marcela. Debí aceptarlo pues las mujeres son así. Pero, ¿era justo que llevara seis años esperando mientras se besaba con otro? Pensé que ella al no verme en tres meses. Acaso por curiosidad se acercara a la casa y, luego a mi cuarto. Y por último preguntara: «¿Dónde está, mi querido, David?».
 
Pero ella jamás apareció. La eternizaba en todo lo que escribía. Cuántos días con sus noches— ¡fueron treinta años hermano, treinta!—sentí los pasos de mamá que llegaba a mi cuarto. Tocaba en la puerta, levemente, mientras me gritaba bajito: «David, abre la puerta. Te traigo el desayuno». 
Entreabría la puerta, la luz del sol que se escurría por entre alguna hendija, me hería. Sin que la vieja notara mi deterioro, ya con los platos entre las manos, yo procedía casi que inconsciente a cerrar la puerta. Mamá ya estaba acostumbrándose. 
Marcela se hallaba en mi cuarto: Su foto enmarcada en un cuadro grande, colgada en la pared del fondo. Enseguida me imaginaba que en mis mejores noches—Marcela—tú te posabas sobre mí.  
Me alteraba, el pecho me bullía cuando restregabas tus senos de piedra contra mi espalda. ¡A nadie le importaría ser crucificado por poseer aquellos amores! Comprendí los sentimientos inherentes a todo escritor.

¿Quién puede escribir sin ellos?

Y tú, Pablo Fiestas, ¿cómo hubieras reaccionado si en vez de drogarte y emborracharte hubieras elegido otro camino?
 
Pero te equivocaste, querido hermano. Tienes el mismo impulso de los Fiestas. Yo buscando que entre mis textos, apareciera, volátil. Alcanzable en el cuarto, tu cuerpo de ninfa—Marcela— y que sólo yo te jalara hasta la cama. Y te hiciera mía una y otra vez. Te poseyera una y otra vez. Y fueras mía una y otra vez, Marcela.  
Aunque vivamos bajo el mismo techo, cada cual habita un Universo. Mientras Marcela se halla en mis páginas, los alucinógenos intoxican tu alma. Estimulan ese carácter inclinado al crimen, y entonces ya no podrás parar. La sangre correrá por tus manos, te bañarás con ella… 
Y la condena apenas comienza.        
Has envejecido. Te duelen los pies, y no has podido levantarte. Los que duermen no quieren despertar. Porque pasarán estos veinticinco años. Una eternidad, un tic tac de reloj. Y, la familia no va a despertar. Alguien que partió la noche anterior, por fin vino por ti. 
Y Boston arde.

Borrascas de fuego encandilan a los sacrílegos.  Corren de un lado para el otro ante una evidente destrucción. Y tú, Pablo Fiestas, ¿te salvarás? Te observo desde mi cubil, vas a morir. Y puedes llorar o patalear como un niño. Estás sujeto, aferrado, herméticamente a esta poltrona. Alguien ha dejado caer el martillo de los siglos. Te han hallado culpable y por fin lo entiendes. Aunque esta ironía, tu maldito buen humor no te haya dejado.  Ni ahora que te quemarás en el infierno.
 
Sí, es el principio del final. Cuando una corriente positiva y negativa se unan. Y la explosión borre a Boston del mapa.  El horror y la felicidad sentiré. No existirás ni siquiera en la memoria de doña Helena. Porque el sueño para la familia sólo duró tres horas. 
Aquel domingo me detuve en la esquina de la aglomeración. 
La sangre corría de una esquina a otra. Pensé que yo era el culpable que aquella sangre corriera. ¿Por qué no te hice ver el mar embravecido en el que tu nave naufragaría? Fuiste recluido en el correccional pero sólo pagaste una condena irrisoria.
Mamá también tuvo la culpa.
 
«Ven a de-sa-yu-nar, mi Pa-blo», argumentaba con silabas la frase que te devolvía a la vida. 
Y como cada  cual tiene un destino,  el tuyo comenzó cuando bajaste del viejo Chevrolet.

En la esquina, no rechazaste un cigarrillo de marihuana…
 
Hace dos minutos, por fin, viste el mar de tu amargura.

Mamá despertó, y como si no hubiera sucedido nada, arriesgó de nuevo la frase:
 
«Prepararé tortas para Pablo». 
Yo enseguida agarré un libro, escribí una nota en mi vieja máquina de escribir, pero el teléfono sonó. 
Era Marcela, estaba feliz por mi artículo en el periódico: 

—Tú artículo es excelente, David—me dijo. —Pero no te olvides que hace treinta años que no nos vemos.
 
Más tarde cuando se presentó frente a mí, observé—conmovido—cuánto ella había envejecido en esos treinta años. 
Fue entonces cuando comprendí para bien o para mal cuánto se olvida uno de vivir. No quise saber de ella. Seguí caminando mientras Marcela se quedaba en una esquina bajo la lluvia.  
En ese instante mis entrañas querían reventar. Pero hice denodados esfuerzos para no llorar».

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